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La historia detrás de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936
Por Julián Suez

Cada Juego Olímpico tiene su propia historia y las Olimpiadas de Berlín disputadas en 1936 no quedaron exentas. Luego de casi 18 años de la Primera Guerra Mundial, Alemania se mostró nuevamente frente al mundo, de una manera distinta. En un principio, Barcelona encabezaría los títulos de todo el planeta tras la realización de los JJOO, pero su guerra civil impidió que se disputasen allí. El Comité Olímpico Internacional (COI) escogió a Berlín tras vencer en votos 43 a 16, en 1931. Dos años después, surgiría el Partido Nacionalista Obrero Alemán encabezado por Adolf Hitler que se instalaría en el país hasta 1945, un hecho que el ente máximo ubicado en Lausana, Suiza no tuvo idea de lo que sucedería a continuación. El futuro Canciller fue quien estuvo al mando de este evento deportivo, mientras que Theodore Lewald, Presidente del Comité Organizador Alemán (COA), fue la marioneta del líder Nazi. Esto conllevó a darle una magnitud de poder aun mayor al que venía teniendo por el momento.

 

Hubo un detrás de escena que la gente no vio o que el mandatario alemán evitó que se vea en las calles. Era el momento para que Hitler se exponga frente a todos, pero aparentando ser un país como cualquier otro. Él quería mostrar que existía una raza superior en los JJOO (la raza aria), un sistema nacional socialista ejemplar, una Nación antirracista y una Alemania con  problemas como cualquier otro. Era el evento para querer mostrar una realidad alterna que ocurría en el país anfitrión. Personas de distintas creencias religiosas (exceptuando católicas), gente que tenía el denominado: “piel de color” estaban en centros de concentración siendo torturadas y asesinadas en las cámaras de gases, por el simple de hecho de tener un pensamiento distinto o color de piel diferente a la raza superior. Se les hicieron ver como los enemigos de la economía debido a su posición social, en grandes casos. Un escenario real y devastador, pero que las Naciones pudieron omitir por casi un mes.

 

La propaganda política en un Juego Olímpico era perfecta en su plan, para demostrar lo tranquilo y respetado que eran. Por orden de Josef Goebbels, Ministro de Propaganda, se borró todo tipo de pintura, escritura antisemita en las calles de Alemania y redujeron la brutalidad en los medios con la que se trataba a la gente. No obstante, continuaron con el secuestro, pero con mucha cautela para no llamar la atención de nadie durante las Olimpiadas.

 

El gran inconveniente en un principio fue querer simular ser un país exento de problemas de alta gravedad. El Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos (siglas en inglés USOPC), en un principio, no se iba a presentar tras los asesinatos que ocurrían en los campos de concentración. Era una realidad y la gran mayoría de los países participes se hicieron los desentendidos. Uno de los más potentes a vencer era Estados Unidos, que llevaba un poco más de 400 atletas. Mientras que los alemanes apostarían con 500. Ernest Lee Jahncke, exmiembro del Comité Olímpico Internacional, se vio en contra de realizar su participación en la capital alemana. Desde un principio todas las Naciones (49) que disputaron este evento tuvieron que haber estado en contra de que se realizaran en Berlín sin ningún motivo para mostrarse a favor. De igual manera, fue destituido Jahncke y reemplazado por Avery Brundage, Presidente del USOPC y miembro del COI. Él llegó a un arreglo para que los norteamericanos apoyasen estas Olimpiadas: cambiar la propaganda con banderas nazis, por unas de los Juegos Olímpicos, no mostrar el secuestro de las personas y admitir a los atletas judíos. Sin embargo, el Comité estadounidense llevó una votación entre sus miembros para decidir la asistencia a Berlín o aplicar el boicot. Salió el fallo 58 a 56 en favor a los que apoyaron la idea de estar presentes en Europa. Además, quedó para la historia la famosa frase de Brundage: “La política no tiene cabida en los deportes”. No es debatible, porque el deporte es político y es negocio. Al tener el “sí” del Comité más fuerte del mundo genera la propaganda necesaria para seguir adelante con el proyecto de superioridad de raza aria. Por supuesto esta postura de Brundage tuvo el respaldo de Franklin Delano Roosevelt, trigésimo segundo Presidente de Los Estados Unidos de América. Y, Johannes Sigfrid Edström, líder del COI, no se opuso a este certamen deportivo en ninguna instancia.

 

Los nombres mencionados anteriormente son muy potentes y respetados, al tener el apoyo de estas personas, fácilmente podes llevar a cabo un evento de estas características. Para hacer boicot como intentó España, se necesita ayuda de los más potentes y no lo logró. La Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas (URSS) tampoco se presentó hasta los Juegos de Helsinki en 1952, pero se requería que más Naciones se unieran. Se disputó la Olimpiada Popular un mes antes con la misma duración en Barcelona como signo de protesta a los Juegos que encabezaría el mandatario nacional socialista. La presión política alemana llevó por ejemplo: al despido de Lee Jahncke, Gretel Bergmann, atleta femenina en salto de altura, y a que varios deportistas estadounidenses no se presenten a las competiciones para que Hitler no tuviese que ver personas de la colectividad en el podio. Incluso siendo, Estados Unidos un país que apoyó completamente la realización de las Olimpiadas.

 

En consideración con la infraestructura, el país europeo tuvo gastos sin freno de mano, aproximadamente unos 30 millones de dólares. En 1932, Los Ángeles, el estado habían invertido un total de dos millones. Los números asustan, pero la justificación estaba. Un estadio que albergó una capacidad para ciento diez mil almas. Complejos cercanos con estructuras para una gran cantidad de público. Por primera vez se transmitían los Juegos Olímpicos por la televisión a través de 25 cámaras de última generación y las radios también estuvieron presentes. La inversión en la película Olympia, que tuvo como directora, productora y guionista a Leni Riefenstahl fue un éxito total en Alemania y el mundo. La joven cineasta no tuvo límite de presupuesto para crear su obra que se dividió en dos partes, con una duración total de 225 minutos. El Ministro de Propaganda había solventado todo el pedido que Riefenstahl solicitó para realizarla. Luego, este film ganaría múltiplos premios cinematográficos, entre ellos la Copa Mussolini como mejor película extranjera del año, en 1938.

 

Después de una larga preparación, el 1 de agosto de 1936, en el Estadio Olímpico de Berlín comenzaban los Juegos Olímpicos bajo el comando de Adolf Hitler y toda su expectativa en ganar y demostrar a la raza aria como superior. En la ceremonia inaugural ciento diez mil almas estrecharon su mano simbolizando el saludo nazi y saludando el ingreso del Tercer Reich con un: “Hiel, Hitler”. Prosiguieron y Richard Strauss dirigió a diez mil coristas que entonaron las estrofas de “Deutschland Über Alles”, “Horst Wessel Lied”, himno Nacional y Nazi y el “Himno Olímpico”.

 

Los Juegos iniciaban, Hitler con la esperanza de ganar casi todas las pruebas con sus 500 atletas y constatar su idea de la raza superior, la raza aria. A pesar de haber tenido toda la artillería pesada para arrasar en la capital de su país, hubo dos personas que desestabilizaron el deseo del Canciller alemán: Jesse Owens y Helene Mayer. El impacto de estos deportistas en el evento quedó en la historia por el contexto político y social que se vivía en Alemania y Estados Unidos.

El joven norteamericano fue a demostrar quién era el corredor más rápido del mundo. En primera instancia, obtuvo su medalla de oro en los 100 metros con una marca de 10,3 segundos, situación que le empezó a inquietar a Hitler. A priori, los 200 metros los hizo en 20,7 y se llevaba nuevamente la presea. En salto en largo sucedió algo histórico que marcó a estos Juegos y al mismísimo dictador de Alemania. Carl “Luz” Long, deportista alemán con ojos claros y pelo rubio, una clara representación de la raza aria, ayudó a Owens, su rival, para que pudiese realizar la prueba. Long poseía el récord europeo en esta disciplina, elegido a la medalla de oro. El favorito registró una marca de 7,87 metros lo que lo hacía ostentar un nuevo récord en el continente. Sin embargo, el afroamericano le quitó la alegría al Führer con los 7,94 que saltó y aunque fuese poco, su competidor lo incentivó a que realizara su último intento. Los 8 metros y 6 centímetros bastaron para lucir una nueva hazaña mundial, en cuestión de minutos. Luego, se abrazaron y dieron una vuelta juntos en muestra de la amistad que se generó y la igualdad de las personas. Un objetivo de demostrar la superioridad de la raza aria fue un pendiente que Hitler no logró cumplir. Una vez finalizada las Olimpiadas, Long fue enlistado en las fuerzas armadas y llevado a línea de frente en el ataque de Sicilia en 1943, donde murió.

 

La cuarta medalla de oro no estaba en los planes de Jesse Owens, los 400 metros con relevo. Marty Glickman y Sam Stoller fueron las sorpresas al no haberse podido presentar en la prueba final. Avery Brundage, entonces Presidente de la USOPC, quiso mostrarse a favor de las medidas alemanas y dejar de lado a ambos competidores, de la religión judía, para que Hitler no tuviese que verlos en lo más alto del podio. A pesar de esto, la justificación del entrenador principal fue que debían poner a sus velocistas más rápidos para lograr el primer puesto. Es evidente el uso de la política en esta toma de decisión de quitar de la lista de prueba a dos corredores por sus creencias religiosas. El peso político del mandatario y Ministro de Propaganda tuvo relación con el fallo de que no se mostraran en la prueba los dos atletas. Ralph Metcalfe y Owens tomarían sus lugares para cantar en una nueva oportunidad “La bandera tachonada de estrella”, el himno de Los Estados Unidos de América por esa época.

 

El último caso en el que la presión política estuvo presente fue en la presencia de Helene Mayer en el evento. Mayer fue la única atleta alemana, con descendencia judía por parte de su padre, que dio el presente en Berlín. Fue admitida por Hitler para hacerse ver al mundo que tomaba a todos por igual, un país igualitario, claro uso de propaganda que no a muchas Naciones persuadió por completo. Para que su actuación tuviese un final alegre, se llevó la presea de plata en la modalidad de florete de esgrima. Mientras que en la ceremonia, la deportista alzó su brazo cuando se escuchó el himno Nacional.

 

El 16 de agosto de 1936, los Juegos Olímpicos llegaban a su fin tras muchas polémicas, pero con un objetivo que pudo concretar el Canciller alemán: ser el máximo ganador de medallas en este evento deportivo. Los europeos se llevaron 33 preseas de oro contra las 24 de los norteamericanos. El total favoreció al país anfitrión 89 sobre 66. A pesar de este logro, quedó pendiente dar a ver la superioridad de la raza aria en las pruebas más populares, mérito de Owens. Lo que no le faltó a esta Olimpiada fue la infraestructura y la propaganda falsa queriéndose mostrar como un país pacífico.

 

Una vez finalizado estos Juegos, la Casa Blanca en ningún momento reconoció la destacada actuación del cuatro veces medallista olímpico estadounidense por su color de piel. Barack Obama lo realizó 80 años después a él y a 17 deportistas que participaron del evento tras no haberse realizado ningún tipo homenajeo hacía ellos anteriormente.

 

Glickman y Stoller se habían preocupado por la continuación de las acciones de los Nazis, una vez concluido los Juegos. Ese temor se vio con el tiempo cuando se desató también en Italia, Austria, países aliados de Alemania. Tres años después, Hitler daría comienzo a la Segunda Guerra Mundial al invadir Polonia. La cantidad de personas que eran asesinadas iba en aumento hasta que el tope fueron seis millones tras la derrota de los alemanes de la Segunda Guerra Mundial en 1945 con la llegada de Estados Unidos a suelo europeo.

 

Julián Suez, estudiante de Periodismo Deportivo, tercer año, ETER.

 

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