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El último lector

Si hay un nombre que se asocie a la pesca de sentidos, conexiones y nudos entres historias y textos en el mapa de la literatura argentina contemporánea: ese escritor –y lector- es Ricardo Piglia. La foto que acompaña este texto pertenece al ciclo que se emitió por Canal 7, Borges por Piglia, un despliegue de todas sus lecturas, eso que Piglia amó y multiplicó en los otros.
Fue un lector que habló de otros lectores. Escribió sobre dos que admiró: El Che Guevara y Antonio Gramsci. Uno se aísla para leer en medio de sus planes de hombre revolucionario -lo sabe Piglia al leerlo y lo trae al rescatarlo de sus diarios-, eso que Guevara dejó por escrito. Dice Piglia: “Hay una foto extraordinaria en la que Guevara está en Bolivia, subido a un árbol, leyendo, en medio de la desolación y la experiencia terrible de la guerrilla perseguida. Se sube a un árbol para aislarse un poco y está ahí, leyendo”.

Y También ve a través de los ojos de Gramsci: “un lector increíble, el político separado de la vida social por la cárcel, que se convierte en el mayor lector de su época. Un lector único. En prisión Gramsci lee todo el tiempo, lee lo que puede, lo que logra filtrarse en las cárceles de Mussolini. Está siempre pidiendo libros y de esa lectura continua (“leo por lo menos un libro por día”, dice), de ese hombre solo, inmóvil, aislado, en la celda, nos quedan los Cuadernos de la cárcel, que son comentarios extraordinarios de esas lecturas”.

De esa escena fundante –eso que hizo de Ricardo Piglia un enorme lector-, Juan Forn lo cuenta como un posible cruce entre dos lectores argentinos inmensos: Piglia y Borges. “El tedio de las siestas de verano, todas las persianas bajas, toda la casa en silencio, un chico de tres años observa desde la penumbra a su abuelo sentado en un sillón, inmóvil, concentradísimo en el libro que sostiene en las manos. Al nieto le gusta copiar todo lo que hace el abuelo, así que arrima una silla a los estantes de la biblioteca, saca un tomazo y va a sentarse en los escalones de la puerta de su casa, con el libro abierto sobre las rodillas y la misma expresión de su abuelo. La casa queda a una cuadra de la estación de Adrogué. Cada media hora pasan por la calle los que bajan del tren. A la hora de la siesta son pocos, en ese verano de 1943. Uno de ellos, el único que repara en él, frena su marcha, le muestra sin decir palabra al chico que tiene el libro al revés y sigue su cansino camino. En 1943, la familia de Borges todavía pasaba los veranos en el Hotel Las Delicias de Adrogué. De manera que ese pasajero que le enderezó el libro al chico bien pudo ser ya sabemos quién.